Por Fabio Castaño Fraga, vicepresidente.
A las 16:00h de la tarde, suben a bordo del San Juan Nepomuceno los capitanes del Tonnant, el Defience, el Dreadnought, el Achille y dos buques más que habían vertido sobre el Nepomuceno una lluvia de artillería indescriptible. Querían ver a su comandante, Churruca.
El vasco yacía muerto en la enfermería. Tenía el uniforme puesto y estaba bañado en sangre. También estaba caliente el cadáver de su segundo: Francisco Moyua. El navío, pelado, y con la amura de babor reventada, lo había rendido Nuñez Falcón con más de cien muertos a bordo.
Churruca estaría orgulloso. Su barco, levantado en el astillero de Guarnizo, tenía cinco cañozados a flor de agua y no vacilaba con hundirse. ¡Put*s cántabros, qué bien construyen! Para un buque así nadie como el guipuzcoano. Un ilustrado de ciencia y sable que había nacido...
En la villa de Motrico. Para más inri, en un palacete cedido por la familia de otro ilustre marino: ¡Gaztañeta, nada menos!
Se formó en el Seminario de Vergara iniciándose como militar en la escuela de Guardias Marinas de Cádiz en 1776, siendo trasladado un año después...
a la escuela homónima de El Ferrol. En 1778 ya ostentaba rango de alférez de fragata y en el 81 tuvo su bautismo de fuego en el famoso Asedio de Gibraltar. Allí tuvo una destacada acción al salvar innumerables vidas en lo que significó una derrota sin paliativos para España.
El valor demostrado en aquel desastre le valió el primero de una notable y vertiginosa carrera de ascensos que comenzó como alférez de navío. Poco después, Churruca, embarcó en la fragata Santa Bárbara, que estaba comisionada para llevar la noticia del Tratado de Versalles...
a Montevideo. En dicha travesía, nuestro vasco volvió a salvar los muebles al percatarse de un error en los cálculos del piloto. En román paladino: evito un naufragio con total seguridad. Cómo veis, la faceta científica de Churruca ya era más que evidente. ¡Seguimos!
De vuelta en tierra ibérica, amplió sus estudios en matemáticas y mecánica física aplicada a la Marina moderna. El tipo era tan bueno que sostuvo el primer certamen público de la citada materia en la Academia de El Ferrol ganándose la admiración de la totalidad de profesores.
Entre 1788-1789, nuestro prota se lía la manta a la cabeza en otro viaje cuya naturaleza era bastante más ambiciosa: hablamos de la expedición al Estrecho de Magallanes, donde Churruca estuvo al frente de los levantamientos cartográficos y las mediciones astronómicas.
Ascendido a capitán de navío con apenas 30 años (un puñetero hacha) tomó, por elección personal de José de Mazarredo, las riendas de un proyecto cuyo peso científico para la Corona era bien conocido: reformar el Atas Marítimo de la América Septentrional. Cosa MUY seria, niños.
Fueron 34 cartas náuticas de una precisión apabullante las que levantó Churruca. Pero la guerra manda y a ella que volvió (de manos de José de Mazarredo) en 1798, cuando Nelson decidió atacar Cádiz y España hubo de sostener una defensa crucial para romper el bloqueo. Éxito!
Y a propósito de Mazarredo: fue éste quien, estando en Paris, reclamó a Churruca (que estaba en Brest) para que presentase en la capital francesa algunos de sus estudios más señeros. La acogida en las academias científicas más prestigiosas del Imperio napoleónico fue rotunda.
A las puertas del s.XIX, nuestro vasco alcanza su mayor profusión académica con publicaciones realmente significativas. Entre ellas cabe destacar las que desarrolla sobre el método geométrico para determinar las inflexiones de la quilla y las instrucciones sobre puntería.
Ambas fueron adoptadas por los Reales Arsenales de Marina. Tras hacerse cargo de armar el navío Príncipe de Asturias (orden que se le dio cuando fue recibido en Madrid por la corte), en 1805 se le entregó el mando (solicitado por él mismo) del San Juan Nepomuceno: EL BARCO.
El Nepomuceno NO ERA un navío al uso.
Su seno constructivo aglutinaba diferentes soluciones de ingeniería y sus líneas prototipaban, en esencia, las de una nave pensada para cazar como un tiburón y moverse como un pez vela. Es decir: un bicho de cojones, orgullo de Guarnizo.
Pero antes de hablar del fragor que supuso Trafalgar, conviene señalar dos momentos importantes en los meses previos a octubre de 1805. Churruca se casaba en abril y, en agosto, él mismo sofocaba un motín a bordo del Nepomuceno, cuando la nave estaba en zafarrancho.
Y ahora ya sí, al tema: en el consejo de Guerra previo a la jornada del combate de Trafalgar, Churruca, se mostró en total disconformidad con la orden que obligaba a salir a la escuadra de Cádiz. Como Gravina y otros oficiales, veían en esa acción un potencial suicidio.
Tras la descordinación mostrada por Villeneuve en el orden de batalla, el San Juan Nepomuceno quedará muy lejos de su posición inicial, pasando a formar parte de la retaguardia. Queda desguarnecido y se convierte en uno de los principales objetivos británicos. Ahora bien...
El Nepomuceno venderá muy, pero que muy cara, su madera burgalesa, así como la sangre de todos los que iban a bordo. La nave llegó a batirse a la vez con cinco buques ingleses, manteniéndolos a raya con una destreza artillera DESCOMUNAL, incluso situándose a tiro de pistola.
Mantuvo un cuerpo a cuerpo fiero, de cañonazos a bocajarro entre amuras mientras el aparejo soportaba un manto de artillería indescriptible, escupido por los otros buques ingleses que cercaban como perros al Nepomuceno. En mitad de aquel horror de astillas y pólvora, Churruca.
Con una firmeza inalterable, junto al resto de sus hombres, arengando a todos desde el combés y la toldilla. ¿El telón de fondo? El pabellón de España a popa, ondeando en un cielo fosco y roto a estruendos. Cuando el brigadier volvía de disparar un cañonazo que desarboló un...
buque enemigo, una bala inglesa le rebasó la pierna derecha por debajo de la rodilla.
«¡Esto no es nada; siga el fuego!» gritó, mientras pedía un cubo de harina para evitar desangrarse allí mismo. Fue bajado a la enfermería y ordenó clavar la bandera al coronamiento de popa.
Estoico, falleció poco después dedicando sus últimas palabras a su esposa, a través de su cuñado, Ruiz de Apocada (embarcado igualmente en el San Juan Nepomuceno), que fue el último que le vio con vida cuando el asedio de fuego seguía mordiendo las cubiertas del navío.
"Vivió para la humanidad, murió por la patria". Muchas gracias por leer este hilo y por apoyar a esta casa, que es mucho más que una gran sastrería de historia.
Como dirían mis compañeros en la Asociación para Reconstruir el SJ Nepomuceno, Honor y Gloria a los caídos por España.
AVISO: TODAS LAS IMÁGENES USADAS EN ESTE ARTÍCULO PERTENECEN A SUS RESPECTIVOS DUEÑOS.
Víctor Ambrus, John Callow, Fototeca Ando Gilardi/Getty Igs, William Adolphus Knell, Real Academia de la Historia, Louis-Philippe Crépin, William Allan, Geoff Hunt, Carlos Parrilla Penagos, Jordi Bru, Justo Jimeno, Julio García Condoy, Jean François-Marie, Museo Naval